Pancracio y Sopita

¡Ésta es una historia de amor! Aquellos se enamoran y descubren que los que les han dicho está equivocado, ellos sí son inteligentes.

Pancracio y Sopita, se conocieron mientras los dos manejaban bicicleta camino a su trabajo. Fue algo así, como aquello de lo que llaman, amor a primera vista.

A Pancracio, Sopita le parecía una niña preciosa, con los ojos grandes, el cabello largo y una sonrisa de oreja de oreja sin igual. La veía todos los días en su andar, hasta que decidió atreverse a saludarla.

Por su parte, Sopita se mantenía intrigada por los ojos profundos de Pancracio, como si albergara secretos dentro de él, que quisiera compartirle a gritos.

Cuando Pancracio por fin se decidió a invitar a salir a Sopita, comenzaron a encontrarse en un parque todos los días. Todos los días en la misma banca. Platicaban hasta que sintieran que era muy tarde y tuvieran que regresar.

Y así, en esas pláticas, descubrieron que venían de mundos muy diferentes. Sopita, había estudiado en una escuela religiosa, por lo que su formación había sido tradicional. De pequeña, recitaba poemas, plegarias y hasta la tabla periódica, pero nunca supo bien de qué podría servirle todo ello.

Por su parte, Pancracio fue el mejor amigo de la calculadora, no había aprendido bien las matemáticas y sentía que su escuela formaba parte de un excelente anuncio de televisión, aunque él no hubiera aprendido nada.

Ambos trabajaban en una fábrica, eran obreros porque sentían que era lo mejor que podían hacer. Coincidían en esos, en creer que no eran inteligentes ni estaban preparados para un trabajo mejor.

Conforme sus pláticas avanzaban, compartieron sus gustos y pasatiempos. A Sopita le encantaban devorarse los libros, su cabeza estaba llena de historias y personajes, podía interpretar a cualquier personaje y esto provocaba carcajadas entre ellos.

Pancracio era diferente, no le gustaba mucho leer pero podía detonar una escena en cuestión de segundos, para ambientar aquellos personajes de Sopita.

¡Era amor! Era amor lo que se sentía alrededor de ellos dos, pasaban las horas creando historias de personajes imaginarios,  e imaginando cómo serían sus vidas.

Convencido de que Pancracio quería una vida con la asombrosa Sopita, comenzó decidió preguntarle:

¿Cuál es tu sueño Sopita? Quisiera hacerte feliz y cumplir tu más grande sueño. Soy un simple empleado, pero haría lo imposible por verte feliz”

Sopita no contestó, un silencio invadió su banca, por primera vez no había murmullos ni risas. Pancracio estaba triste, se sentía tonto, en realidad siempre se había sentido así. Pensaba que un simple trabajador como él, no podría ofrecerle nada bueno a alguien tan maravillosa como Sopita. Así que tomó su bicicleta y pedaleó tan fuerte como pudo.

Durante el camino, Pancracio recordaba lo inútil que se había sentido en la escuela.

“Si hubiera estudiado más, si hubiera sido inteligente…Si supiera sumar, si mis maestros hubieran sido mejores…si hubiera ido a una mejor escuela… Si no fuera tan tonto, tendría un mejor trabajo…Sopita…Sopita…Sopita me querría”

Pancracio pasó varios días sumergido en la tristeza de no saber cómo hacer feliz a Sopita. Trabajaba todos los días, pero tomaba un camino diferente para que Sopita no se encontrara con aquel mediocre, como él se decía.

Un día, después de que Pancracio concluyera su jornada laboral, la vio esperándolo. Ahí estaba Sopita, con los ojos más hermosos y con la cara tímida. Pedalearon lentamente hasta el parque, hasta su banca, ambos en silencio. Hasta que Sopita dijo:

“¡Una compañía de teatro! Siempre he soñado con tener una compañía de teatro, con escribir obras y crear personajes. ¡Y viajar, viajar por el mundo! ¡Llevar las obras a recorrer el mundo! Pero…”

“Pero, ¿qué?”, interrumpió Pancracio, “¿Qué es lo que te detiene?”

“Pancracio, ¿no te das cuenta de quién soy?”, añadió Sopita.
“Nunca he sido una persona inteligente, no fui a la universidad porque esas cosas no son para personas como yo…”

Pancracio estaba enojado, se sentía enojado de saber, que la persona que él consideraba excepcional, no se veía así mismo de esa manera. La tomó de la mano y caminaron hasta una biblioteca y le dijo:

“¡Estoy harto! ¿Quién determina si somos o no inteligentes? ¡Estoy harto de sentirme tonto e inútil!, como si la fábrica fuera el mejor empleo que pudiera conseguir. ¿Quieres una compañía de teatro? Formemos una, con tus ideas y mis ocurrencias, algo bueno podremos hacer. No soy tonto, pero me he sentido así siempre y estoy cansado.”

Sopita, no pudo más que rodearlo con sus brazos y soltó una lágrima. Sabía que él, era el hombre de su vida. Pancracio había llegado para cambiarle el mundo, la perspectiva, la vida.

Y así cambiaron, cambiaron la banca por asientos en la biblioteca, hicieron un plan y cambiaron, cambiaron su vida.

            “Brillas”

Así se llama, “Brillas”.

Así se llama la compañía de teatro que formaron. No es muy grande y presenta obras en lugares pequeños, pero siempre llena las funciones. Pancracio y Sopita, imparten clases de teatro además de las puestas en escena y se aseguran de recibir a sus estudiantes con los brazos abiertos y sobretodo, de hacerlos sentir que son maravillosos en algo, tal como ellos se sienten.

Además, Sopita se dedica a impartir pláticas motivacionales entre jóvenes para hacerlos saber que sí son inteligentes, y que todo se puede lograr si te empeñas. Han visitado muchas escuelas dentro del país y justamente, los han invitado a presentar su obra estelar en España.

Y está Pancracio, tras bambalinas, dirigiendo todo y locamente enamorado de Sopita…

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